El mes de diciembre no es conocido por ser el más cálido del año, estarán de acuerdo. Por suerte, mi compañero y yo habíamos tenido nueve meses para prepararnos para afrontar el frío y asegurarnos de que nuestro pequeño, recién nacido, no lo sufriera. Como habíamos decidido desde el principio que no queríamos cochecito, de nada nos servía abrigar a nuestro bebé con un grueso abrigo, ya que iba a, en cada salida, disfrutar del calor corporal de su papá o del mío, gracias a la wrap de porteo.
En efecto, en los primeros tiempos, era el medio de porteo que encontrábamos el más cómodo y el más fácil de poner. En cada una de nuestras salidas, pues, poníamos a nuestro hijo una ropa cómoda, un gorrito en la cabeza, lo instalábamos en la wrap (la No Knot Little Wrap o la Original JPMBB para ser precisos), y el que de los dos lo portaba se ponía el abrigo por encima (cuando hacía realmente mucho frío, añadíamos una manta). Lo más importante era que nuestro pequeño estuviera cómodo, que no tuviera ni demasiado frío ni demasiado calor, y sobre todo que sus vías respiratorias estuvieran bien despejadas, ya que un bebé recién nacido aún no sabe girar la cabeza solo y hay que velar siempre por que respire correctamente.
Así fue como, desde la salida de la maternidad hasta las compras, pasando por los paseos y las primeras fiestas familiares (pongo esta última palabra en plural, porque como suele ocurrir, hay abuelos, tíos y tías de ambos lados), nuestro pequeño nunca puso un pie fuera (por así decirlo) sin estar acurrucado contra uno de nosotros, ¡y eso para nuestra mayor felicidad! También fue en la wrap y en nuestros brazos donde pasó su primera Nochevieja.
Habíamos recibido dos invitaciones para celebrar el año nuevo en casa de amigos, pero las declinamos ambas, ya que después de haber pasado unas Navidades bastante agitadas, nos dijimos que no estaría mal quedarnos un poco tranquilos. La mañana del 31, fuimos a hacer algunas compras para «celebrarlo de alguna manera». Aun así, deambulamos un poco por las tiendas y por el centro comercial (aún sin despojar de sus decoraciones luminosas), y luego volvimos a casa. El día estuvo marcado por numerosas tomas, besos, abrazos, un baño, siestas, cambios de pañal, momentos de vigilia, besos, abrazos, besos, abrazos (¿ya lo he dicho?) y más besos y abrazos (nunca son suficientes, creo yo). Al llegar la noche, degustamos nuestra deliciosa cena "casera" teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido para no despertar a nuestro pequeño, que dormía plácidamente en su moisés, no muy lejos de nosotros. Luego, con toda la sencillez del mundo, nos acomodamos en nuestro gran sofá para ver una película que habíamos elegido en pareja. Lo que es seguro es que no celebramos el Año Nuevo gritando «¡Feliz año!», sino que nuestro hijo, que se había despertado poco antes de medianoche para mamar, nos regaló la Nochevieja más emotiva sumergiéndonos en sus magníficos ojos azules antes de volver a dormirse de la manera más adorable posible, en nuestros brazos… 
¡Nos bastó con mirarlo para saber que el año que venía sería excelente!